Mi nombre es Sandro y tengo 50 años.

Soy empresario y docente, tengo cinco hijos: tres mujeres y dos varones, de 29 a 18 años.
Desde hace 10 años estoy separado y desde hace 8 años he formado una nueva pareja.

Desde muy joven he llevado una vida de responsabilidad y trabajado dentro de la Iglesia Católica (desde los 6 años), por lo que mi vida ha tratado ser coherente con mis creencias, con todos los errores que pude cometer como ser humano, adaptándome a mi nueva realidad familiar. Traté de educar a mis hijos con mis principios y siempre quise hacer lo mejor para la familia.

Uno de ellos, el que siempre consideré «la figurita difícil», dado que el diálogo entre nosotros ha sido muy dificultoso y casi inexistente, trabajaba en mi empresa, y tenía muchas dificultades para poder cumplir con sus responsabilidades. Entre nosotros se generó una tensión que crecía cada día y nos llevaba continuamente a discusiones y peleas que hacían de nuestra vida, una relación insoportable. Yo no entendía qué pasaba y no sabía qué hacer para que él cambiara y se convirtiera en una persona responsable.

Un día hace casi tres años, él me pidió hablar y cuál fue mi sorpresa cuando me comunicó que tenía una adicción a un fármaco que además se conseguía en cualquier farmacia. En ese momento no entendía nada, solo que mi hijo necesitaba ayuda y me la estaba pidiendo.

Aún sin entender supimos que no había tiempo que perder y solo pensábamos en cómo ayudarlo. Entre las varias opciones que se presentaron una de ellas fue «Valorarte», así que como familia con su mamá, participamos de unas reuniones de orientación para aprender a ayudarlo.

Pasamos por las etapas de evaluación y diagnóstico y nos informaron del tipo de tratamiento que aconsejaban para su patología. Una de las particularidades de este era la inclusión de toda la familia en el tratamiento y gracias a Dios todos los hermanos se sumaron a esta tarea. Cuando comenzamos empezamos a descubrir lo lejos que estábamos todos, unos de otros, y cuantas cosas que cada uno pensaba que estaba bien, no lo estaban.

Así, con mucho esfuerzo comenzamos a transitar este camino de recuperación. El camino no fue fácil, por el contrario hubo que revisar cada una de nuestras vidas tanto en forma particular como en forma familiar, y así descubrí que por más que uno siempre quiera hacer lo mejor, nos equivocamos más de lo que creemos, por lo que una de las cosas más importantes que aprendí es escuchar a los otros tanto a los hijos, como a los padres de los grupos de autoayuda y profesionales del equipo de Valorarte, que tomaban cada caso con una profundidad admirable; que nos proponía a vernos a nosotros mismos ayudando no solo al paciente sino a toda la familia descubriendo lo maravilloso que puede ser vivir esos vínculos que son fundamentales.

Hoy estamos por terminar esta etapa de tratamiento y hablo con mis hijos y sobre todo con la «Figurita Difícil», como jamás lo había hecho antes. Aprendí a valorar cada día más la importancia del tiempo que les dedicamos a nuestros hijos y el compromiso de asumir el rol de «padres», que es mucho más importante y profundo que el que se puede considerar como un padre que es amigo.

En esta experiencia pude comprender el «Infierno» que padecía mi hijo, pero además el de tantas familias que están pasando por esto. A tal punto me impactó esta experiencia que despertó mi interés de poder ayudar a los demás a superar este calvario y estudiar una carrera que me permita hacerlo hasta de un modo profesional, para poder transmitir que «ES POSIBLE SALIR DEL INFIERNO DE LA DROGAS» y poder vivir una vida «libre y feliz».

Sandro, papá de paciente graduado en 2011

More articles