Me llamo Daniel.

Yo conocí el alcohol desde muy chico, a los 14 años, en salidas con el grupo del barrio de los chicos más grandes. A los 15 empecé a trabajar de relaciones públicas en un boliche y tenía 5 consumiciones de alcohol por noche, más lo que yo tomaba con mis amigos antes de ir al boliche. Así fue creciendo el consumo de alcohol.
A los 18 años conozco la marihuana, me hacía el mismo efecto que el alcohol, pero no me sentía mal al otro día. Eso fue así hasta los 20 años cuando conozco la cocaína, que recién se empezaba a conseguir en la Argentina.

Empecé a consumirla solo un día en el fin de semana, después todo el fin de semana, hasta que conocí a mi ex cuñado. Para poder consumir, les compraba droga para los demás y él se quedaba siempre con algo, y ese algo al final del día era un montón de droga que la venía a consumir a mi casa a la noche.
Esto pasaba casi día por medio, hasta que mi ex mujer empezó a ver la frecuencia que consumíamos y empezó a decirme que tenía que dejar. Como yo no quería dejar empecé a distanciarme de mi ex cuñado y a empezar a consumir solo, hasta que tuve una pelea muy grande con ella y le conté que seguía consumiendo y ahí nos separamos.
Mi ex cuñado ya había dejado la droga porque iba a una iglesia evangélica y me dijo si quería ir y eso hice. A partir de ahí dejé la droga, pero yo por dentro seguía mal porque lcon el consumo buscaba «bajar un cambio» y poder estar bien con los demás y estar de buen humor.
Al dejarla estaba de mal humor o era muy agresivo con los demás; siempre estaba muy nervioso. Así pasaron casi 14 años hasta que un día, cocinando con alcohol decidí volver a tomar una copa, y después fue una botella. Volví a tomar el fin de semana y después todos los días. Ya no me alcoholizaba, pero cuando no tomaba, me ponía de mal humor.
Tenía problemas de nuevo de adicción, pero esto me servía para «bajar un cambio» de los nervios del trabajo. En ese momento era chofer de taxi y dejaba el auto a 25 cuadras de mi casa e iba caminando con el objetivo de tranquilizarme. Pero no servía de mucho. Sabía que tenía que hacer algo con el tema de mis nervios porque iba a terminal mal, con ACV a los 50 o 60 años, y eso para mí no lo quería.
Aun así, no tomaba nunca la decisión de hacer algo. Hace casi 4 años, en el verano, me fui de vacaciones con mi familia y un día sucedió una situación con mi ex esposa y mis hijos: me peleé y me volví a Buenos Aires. En el lapso que ellos seguían en la costa, una amiga me decía que tenía que hacer algo con es furia que tenía encima y me dijo «Si querés te contacto con un psicólogo», y fui.
No era un psicólogo era un lugar donde trataban a personas con problemas de adicciones que quedaba en Ramos Mejía. Cuando me hicieron los papeles para que lleve a la obra social y los presento en la misma, me dicen que ese centro ellos no estaba dentro de la cartilla de prestadores y se comprometieron en conseguir uno en Capital Federal. Mientras tanto, yo seguía yendo a Ramos Mejía.
Un buen día suena el teléfono y me dicen que me habían encontrado un lugar que se llamaba Valorarte y que me comunique con ellos para empezar ir ahí. Así hice y empecé los grupos de admisión.
Mi primer día de tratamiento no conocía a casi nadie y eran todos chiquitos menos uno que se llamaba Gustavo, que lo conocía de los grupos de admisión. Un día me dicen: «Vamos a merendar» y por dentro pensé: «¿¡Qué?! ¿Leche? Yo ni ahí y menos tomarla con estos nenes»
Me costaba mucho conectarme con mis sentimientos. Un día hacemos una Convivencia (grupos de dinámicas terapéuticas) y hacemos una técnica que se llama EMDR. Me conecté con tres situaciones que fueron muy difíciles para mí y que yo pensaba que las tenía totalmente superadas. Era mucho el dolor que salió de golpe.
Después de esa jornada empecé a conectarme con todas las cosas que me jodieron en mi vida y con esos sentimientos que yo había tapado. Poco a poco me fui sintiendo mejor por fuera y por dentro. Ya no hacia el tratamiento solo para recuperar mi familia sino: lo hacía por mí y las cosas con mi familia solas fueron cambiando: la relación con mis hijos fue creciendo, mejorando y profundizándose. A mi ex mujer no la recuperé, pero si vi todos los errores que cometí en la pareja y al verlos ya sé dónde no volver a tropezar.
De ser chofer de taxi llegué a ser dueño de un taxi: ¡cumplí un sueño de toda la vida! El trabajo no afecta a mis nervios, soy afectuoso con mis hijos: ellos ahora tiene un papá. Todo ese se lo debo al tratamiento que hice en Valorarte, a mis compañeros y sobre todo al grupo de profesionales de esa Institución que no van atrás de un billete sino que van atrás de la recuperación de un individuo, de su socialización, de su felicidad y llegar a lograr todo lo que se proponga.
Me viene a la memoria uno de mis primeros días en tratamiento; el director terapéutico me dijo «A partir de hoy dejaste de perder» y yo por dentro me decía «Este me está tomando el pelo». Y así lo pensé durante mucho tiempo porque mi vida no mejoraba para nada y eso fue por un buen tiempo. Pero un día, con mucho trabajo, se dio vuelta la tortilla y empecé a ganar por todos lados: a mis hijos, un taxi y por último una mujer maravillosa a la cual aprendí a querer y amar bien y sananamente, sin lastimarla.
Qué más puedo pedir. En tres años de vida, al final, Sergio Landini tenía razón: ahora puedo decir que soy feliz con la vida que llevo y no necesito nada externo para poder serlo.


Mi nombre es Matías, tengo 28 años y estoy en tratamiento por adicción a las drogas en Valorarte.

Llegué hace un tiempo desesperado. Recuerdo que mi vida estaba totalmente estancada, no podía trabajar, estaba totalmente alejado de mi familia, de mi pareja en ese entonces. Estaba totalmente congelado afectivamente, recuerdo la sensación de no poder sentir un abrazo o un beso, eso me desesperaba. Por dentro sentía una necesidad de pedir ayuda a gritos, pero por fuera sentía que no podía hacerlo. Era como estar atrapado en una cárcel, pero dentro de mí.
Mi vida era siempre la misma rutina, levantarme comprar droga, consumir y después recién hacer todas las otras cosas que quería hacer o que tenia que hacer. Mi día no podía empezar si no consumía, en el último tiempo.
Intenté dejar de consumir en varias oportunidades, dejando de hacerlo por uno o dos meses pero en un momento miraba para atrás y me encontraba consumiendo hace una semana y me preguntaba ¿Cómo llegue acá?, no podía hacerlo por más que pusiera todas mis fuerzas y energías. Me hacia sentir muy frustrado y angustiado, eso potenciaba que cada vez necesitara consumir más y más para poder tapar ese vacío y esa tristeza que tenia dentro.

Hasta que una día después de un fin de semana sin parar de consumir y de haber faltado al trabajo dos días seguidos, sentí que ya no podía seguir con esa vida, miraba a mi alrededor y sentía que no tenia nada, me preguntaba a dónde iba a terminar con una vida así, cuánto más iba a durar vivo.
Ya había querido quitarme la vida a los 18 años y sentía esas ganas todas las noches, otra vez. Así fue que hablé con mi familia: primero con mi padre (mis padres están separados desde que tengo 18 años), luego con mi madre y por último con todos mis hermanos. Les conté que hacia 10 años consumía drogas y que ya no podía dejarlas, que no podía salir del pozo donde me encontraba y que por favor me ayudaran.

Ahí encontre Valorarte entre otras opciones, pero una vez que pasé por esa puerta junto a mi familia ya no tuvimos dudas de dónde tenía que recuperar mi vida.
En Valorarte aprendí a vivir. Aprendí a expresar todos mis sentimientos, sin juzgar si estaba bien o mal sentir eso. Aprendí principalmente a pedir ayuda cuando no puedo solo. Aprendí a confiar en los demás y a que puedan confiar en mí. Aprendí a ser responsable, a valorar las cosas que tengo y a trabajar duro para conseguir lo que no tengo y no hablo solo de lo material.
Aprendí a reparar todo el daño que había causado a la gente que quería. Aprendí que el respeto no se gana imponiendo temor a la otra persona. Aprendí que tenía una familia hermosa y que no la veía.
Aprendí a ser hijo, hermano, tío, novio, amigo.
Y aprendí que todo esto tengo que sostenerlo y que depende de mí poder hacerlo, que es difícil y es una pelea constante, pero vale la pena. Aprendí que también me equivoco y que las personas que te quieren, no van a juzgarte por eso, pero también aprendí a hacerme cargo de esos errores.
Pase en el trabajo de ser el típico hijo del dueño que llegaba tarde siempre y que iba cuando quería, a ser el primero en llegar y después valerme por mi mismo y trabajar por mi cuenta.
En Valorarte me concentré con un grupo de personas que pasaron por las mimas cosas que yo y por primera vez sentí que no estaba solo. Que no era un bicho raro.
También encontré un grupo de profesionales que hacen un trabajo impecable con un compromiso que considero va más allá de su trabajo.
En valorarte pude enfrentar mis miedos y mis fantasmas para poder crecer como persona.
Hoy estoy por terminar el tratamiento si las cosas siguen en buen curso y como dije en un principio en Valorarte aprendí a vivir.

Matías, graduado en 2011


Mi nombre es Sandro y tengo 50 años.

Soy empresario y docente, tengo cinco hijos: tres mujeres y dos varones, de 29 a 18 años.
Desde hace 10 años estoy separado y desde hace 8 años he formado una nueva pareja.

Desde muy joven he llevado una vida de responsabilidad y trabajado dentro de la Iglesia Católica (desde los 6 años), por lo que mi vida ha tratado ser coherente con mis creencias, con todos los errores que pude cometer como ser humano, adaptándome a mi nueva realidad familiar. Traté de educar a mis hijos con mis principios y siempre quise hacer lo mejor para la familia.

Uno de ellos, el que siempre consideré «la figurita difícil», dado que el diálogo entre nosotros ha sido muy dificultoso y casi inexistente, trabajaba en mi empresa, y tenía muchas dificultades para poder cumplir con sus responsabilidades. Entre nosotros se generó una tensión que crecía cada día y nos llevaba continuamente a discusiones y peleas que hacían de nuestra vida, una relación insoportable. Yo no entendía qué pasaba y no sabía qué hacer para que él cambiara y se convirtiera en una persona responsable.

Un día hace casi tres años, él me pidió hablar y cuál fue mi sorpresa cuando me comunicó que tenía una adicción a un fármaco que además se conseguía en cualquier farmacia. En ese momento no entendía nada, solo que mi hijo necesitaba ayuda y me la estaba pidiendo.
Aún sin entender supimos que no había tiempo que perder y solo pensábamos en cómo ayudarlo. Entre las varias opciones que se presentaron una de ellas fue «Valorarte», así que como familia con su mamá, participamos de unas reuniones de orientación para aprender a ayudarlo.

Pasamos por las etapas de evaluación y diagnóstico y nos informaron del tipo de tratamiento que aconsejaban para su patología. Una de las particularidades de este era la inclusión de toda la familia en el tratamiento y gracias a Dios todos los hermanos se sumaron a esta tarea. Cuando comenzamos empezamos a descubrir lo lejos que estábamos todos, unos de otros, y cuantas cosas que cada uno pensaba que estaba bien, no lo estaban.

Así, con mucho esfuerzo comenzamos a transitar este camino de recuperación. El camino no fue fácil, por el contrario hubo que revisar cada una de nuestras vidas tanto en forma particular como en forma familiar, y así descubrí que por más que uno siempre quiera hacer lo mejor, nos equivocamos más de lo que creemos, por lo que una de las cosas más importantes que aprendí es escuchar a los otros tanto a los hijos, como a los padres de los grupos de autoayuda y profesionales del equipo de Valorarte, que tomaban cada caso con una profundidad admirable; que nos proponía a vernos a nosotros mismos ayudando no solo al paciente sino a toda la familia descubriendo lo maravilloso que puede ser vivir esos vínculos que son fundamentales.
Hoy estamos por terminar esta etapa de tratamiento y hablo con mis hijos y sobre todo con la «Figurita Difícil», como jamás lo había hecho antes. Aprendí a valorar cada día más la importancia del tiempo que les dedicamos a nuestros hijos y el compromiso de asumir el rol de «padres», que es mucho más importante y profundo que el que se puede considerar como un padre que es amigo.
En esta experiencia pude comprender el «Infierno» que padecía mi hijo, pero además el de tantas familias que están pasando por esto. A tal punto me impactó esta experiencia que despertó mi interés de poder ayudar a los demás a superar este calvario y estudiar una carrera que me permita hacerlo hasta de un modo profesional, para poder transmitir que «ES POSIBLE SALIR DEL INFIERNO DE LA DROGAS» y poder vivir una vida «libre y feliz».

Sandro, papá de paciente graduado en 2011


Mi nombre es Pablo y actualmente estoy recuperándome de mi adicción en drogas y alcohol en Valorarte.

Hoy tengo 34 años y aunque empecé a consumir drogas a los 17 años, mi vida ya venía desordenada desde hace mucho tiempo atrás. De chico ya manifestaba problemas serios de conducta en la escuela primaria, era inquieto en clase y violento con mis compañeros y maestros. Pasé por dos colegios primarios y tres secundarios, no aceptaba la puesta de límites y era marcada en mi una actitud rebelde ante las figuras de autoridad, desde mis padres hasta mis maestros.
Hoy me doy cuenta que lo que no podía expresar; esa angustia, dolor, frustración se manifestaba con actitudes que lejos de ayudarme cada vez me hundían más. Ya en la escuela secundaria, como muchos chicos empecé a fumar cigarrillos, ratearme de la escuela y con el tiempo a consumir alcohol. Hasta que un día por curiosidad, ya que mis amigos lo hacían, consumí marihuana, al principio era de vez en cuando y los fines de semana. Por más que desde la escuela y mi familia me advirtieran sobre el perjuicio que causan las drogas, un poco por rebelde y otro poco por pensar que yo podía controlarlo no hice caso de sus consejos.
Después y con el tiempo, casi de forma imperceptible para mi, el consumo fue aumentando, cada vez necesitaba más droga para lograr el mismo efecto. Con el tiempo mis padres se enteraron de mi consumo, las primeras veces decía que la droga que me encontraban no era mía y cuando finalmente me hice cargo que era mía los manipulaba y les mentía, como me mentía a mi mismo diciendo que podía controlarlo, que la droga no era para cualquiera.
A los veinte años probé la cocaína pero al ver como deterioraba la vida de aquellos que la consumían me quedé solo con la marihuana. Así mi vida pasó, en medio del consumo me fui alejando de mis seres queridos y perdí contacto con amigos, novias y personas que veían mal mi consumo de drogas y todo para poder hacerlo tranquilo. Me rodeé de gente que también consumía o, como en el caso de mi pareja, eran permisivos conmigo.

Así llegue en medio del caos y acumulando penas, culpa y frustración a los veintiocho años, donde me separe y volví al consumo de cocaína, ya el consumo era diario y no podía salir, trabajar o visitar a mi familia si no consumía drogas. El uso paso a abuso y dependencia, atrapado en el dolor llegué a pensar que la única salida a tanto sufrimiento era quitándome la vida, todas las noches me acostaba llorando solo en mi casa.
Un día mi mamá me invitó a Valorarte donde encontré personas como yo, hoy compañeros en esta lucha contra mi adicción y un grupo de profesionales que supo cómo ayudarme a salir adelante, una gran familia que me brindó amor, contención y ayuda para salir a la vida, afrontarla y estar cada día más feliz y orgulloso de ser un adicto en recuperación.

Pablo, graduado en 2012


En el año 2001, me encontraba desesperada por la situación que me enteré vivía mi familia: mis 2 hijas consumían droga. Recuerdo que creí morirme, estaba confundida, desorientada, me preguntaba cómo podía pasarme esto a mi?, qué hacer?, dónde ir?, quién podía ayudarme?

Mi terapeuta me recomendó Valorarte. Llegué, como todos llegamos en ese momento, y encontré contención, comprensión, en fin, mamás y papás que tenían mi mismo problema.

Así empecé a recorrer un largo camino que creí nunca iba a terminar. Pensé que nunca mis hijas se iban a recuperar, pensé que yo no podía convertirme en esa mamá que me pedían que fuera.

Una mamá con limites, una mamá que se quisiera a sí misma y comprendiera que sus hijas eran esas hermosas criaturas que yo había parido y hoy se habían convertido en 2 desconocidas.

Fue difícil, doloroso, largo, pero hermoso. Qué contradicción ¿verdad? Si fue hermoso porque nos encontramos como familia; había tantas cosas que decirnos, tantas cosas que yo no sabia de ellas, tantas cosas que ellas no conocían de mí y de ellas mismas.

Hoy han pasado 11 años, yo soy otra mamá, una mamá que se quiere, que tiene límites. Recuerdo cuando una de mis hijas me dijo que sentía que era huérfana, no porque yo no estuviera en mi hogar, sino porque no ponía limites.
Recuerdo frases de Sergio Landini EL LIMITE ES PARTE DEL AMOR RESPONSABLE, NOS MERECEMOS UNA MEJOR VIDA.
Qué ciertas eran esas palabras, hoy lo vivo así.

También recuerdo con tristeza infinita que Sergio contó ya en esa época, lo que está pasando hoy: que el consumo iba a ir cada vez más en aumento, que no iba a ser tan marginal la droga, que la iban a tomar como algo banal. Y cuando escucho en los medios hablar como si fuera algo usual, me irrito y me da mucha pero mucha rabia.

Mi testimonio es:

Se puede luchar contra la droga, hay que luchar contra la droga, hay que sacar a nuestros hijos de ella y se puede, claro que se puede y es muy lindo saber que Nos Merecemos Una Mejor Vida y mucho más lindo es VIVIR ESA MEJOR VIDA.

Adriana, mamá de Micaela y Manuela, graduadas en 2005

La lucha contra la enfermedad empezó hace muchos años, pero Gustavo siempre presentó trastornos de conducta, permanentemente de casa y del negocio faltaba dinero y cosas eso fue lo que me hizo pensar en consumo.
Recorrimos montones de médicos, psicólogos, psicopedagogos, hablé con sus maestros, pero no hallé respuestas y así fue pasando el tiempo. Al comenzar el secundario todo se agudizó, le hablamos, le ponía limites pero nada nos daba resultados.

Empecé a sospechar que algo pasaba, le preguntaba, lo iba a buscar a los bailes, no quería volverse conmigo, pero yo iba cerca de él, le hablaba a él, a los amigos; nada.
Hasta que descubrí que consumía. Mi marido no me creía y tratábamos que se quedara en casa, que se reuniera con sus amigos en casa, nada estuvo bien.

Hasta que confirmé que si consumía; de ahí empecé a buscar un lugar. Fuimos a uno con mi marido y negó que consumía y cuando lo dijo fue tan inaudible que la única que lo escuchó fui yo. En el viaje de vuelta yo hablaba del tratamiento pero Gustavo era todas excusas: que trabajo, ect.

Lo llevé a un psicólogo conocido un montón de tiempo, lo llevá a una Lic. de Sedronar que trataba adicciones otro montón de tiempo, un día me dijo no puedo con Gustavo, necesita internacion y me dio direcciones de lugares. A todos los lugares lo llevaba yo y lo esperaba a que terminara la sesión y lo traía a su casa . Un día esta persona que lo trataba me dice: ¨Hable con Gustavo y le dije que se tenía que internar¨ y nos recomendó un lugar. Hicimos los tramites y un día fuimos juntos al lugar desde donde iba a ir a la granja. Fuimos solos nadie nos quiso acompañar, y creo que para los dos fue aunque por diferentes motivos, el peor día de nuestras vidas. Yo no dormí en toda la noche, y no podía parar de temblar pero no lo deje solo un momento, le escucée decir cantidad de barbaridades, pero me dije tenes que resistir y cuando llegamos a la sede en Lanus y Nativo supe que en ese momento era la mejor solución. No lo vimos por un tiempo pero íbamos a las reuniones y nos decían cómo estaba. El domingo siguiente pasamos todo el día ahí y empezamos a entender algo sobre adicciones, íbamos todos los domingos, llevábamos a sus hijas y a su sobrino y cuando no trabajaba también su hermana.

Un día me llamó un coordinador y me dice que Gustavo se fue, me sentí re mal, llamé a su mujer y le pedí que no lo dejara entrar y que la familia tampoco, nadie hizo nada de eso. Gustavo se fue a su anterior tratamiento y nos convenció que iba a terminar el tratamiento. Como no podía hacer nada acepté, pero después de un tiempo todo empeoró, vivían siempre con alcohol y desapariciones.
Hasta que me dijo que iba a un psicólogo de la vuelta de casa que lo había invitado a reuniones, cuando me di cuenta que no iba, averigüé la dirección y fui a Valorarte y de ahí hasta hoy toda la familia está aprendiendo a luchar contra la enfermedad.

Familia de Gustavo, graduados en 2012


Primero me voy a presentar. Soy Gustavo, un hombre de 39 años, separado, padre de 2 nenas y paciente de Valorarte.
Todo comenzó en la escuela primaria con cambios de conductas muy marcados. Ya cuando estaba finalizando la misma y comenzaba la secundaria, notaba que quería ser «como los chicos que tenían mala conducta». Inicié el secundario en un colegio privado, que mis padres pagaban con mucho sacrificio. Ya en el primer año empecé a juntarme con los chicos más grandes. A los 2 o 3 meses ya había comenzado a fumar cigarrillos y también a ratearme. Les robaba plata a mis padres para comprar alguna gaseosa, cigarrillos, en los momentos que estaba con estos chicos, yo quería ser como ellos. Llegó un momento que me quedaba Libre de tantas faltas, así que citaron a mis padres y ahí se enteraron un poco de lo que pasaba.
Me cambie de colegio a un nocturno, también empecé a juntarme en la esquina de mi casa con otro grupo de chicos también más grandes. Un día estos chicos compraron una botella de alcohol y yo no quise consumir, al poco tiempo eran varias botellas y después de consumirlas comenzaban a reírse. Ellos estaban en su mundo y yo en el mío. Pero el de ellos parecía ser más lindo que el mío. Y quería estar ahí, así que empecé a consumir alcohol. Después alguien trajo un poco de marihuana y pasó exactamente lo mismo. Cuando apareció la cocaína, sentí había nacido para ella, me hacía sentir un montón de cosas que por mi solo no podía, era justo mi complemento. Empezó un aumento del consumo, pasé del uso al abuso. Y ahí fue demasiado notorio y se enteró mi familia. Trataron de ayudarme, pero no estaba preparado para recibir la ayuda. Me casé y nació mi primera hija. En ese momento el consumo era aun mayor y pasé del abuso a la dependencia. Solo vivía para la droga.
Un día cansado, mal, hundido en un profundo caos y de pasar por muchos tratamientos decidí internarme. Un tratamiento bueno para la desintoxicación. Pero escaso de trabajo familiar y terapéutico. Era más que nada dejar de consumir. Lo terminé, me gradué en él. Pero a los 2 años se vino la recaída.
En ese tiempo estaba conociendo al que hoy es mi terapeuta, Sergio Landini. Me decía que no espere más y haga algo por mí. Desde que me dijo eso como una predicción hasta que decidí hacerlo, pasaron 3 años. Mis padres, en mi ausencia, se acercaron al tratamiento para fortalecerse. Por mi parte, yo me había alejado de mis hijas, mis padres, amigos y la sociedad. Tenía intentos de suicidio, vendía droga, y consumía para anestesiar todo el dolor y culpa que sentía con todos.
Pero nunca fui tan valiente como el día que decidí encarar de nuevo un tratamiento.
Hoy gracias a mis padres, a Valorarte, a Sergio, a mis hijas, soy un hombre. Soy un trabajador, un estudiante, un amigo, un compañero, un hijo, un padre y sobre todo un «convencido» de que lo que tengo es una enfermedad y contra ella tendré que luchar toda la vida. Pero a cualquier enfermedad se le puede ganar con un buen tratamiento.

Gustavo, graduado en 2012